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Opinión

Opinión: 𝐄𝐥 𝐢𝐧𝐠𝐞𝐧𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐲𝐨́ 𝐮𝐧 𝐩𝐮𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐦𝐨𝐜𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚

Por Jaime Martínez Veloz

Hay hombres que llegan al poder, y hay otros que obligan al poder a cambiar. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano perteneció a los segundos.

Murió el 28 de octubre de 2026, a los 92 años. Ingeniero civil, senador, gobernador de Michoacán, tres veces candidato a la Presidencia, fundador del PRD y primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal elegido por voto popular. Pero los datos duros, como las fotografías viejas, apenas cuentan la mitad de una vida. Su verdadera historia reside en los poderes que desafió, las derrotas que convirtió en caminos y las puertas que abrió para que otros pasaran.

Hijo del general Lázaro Cárdenas del Río y Amalia Solórzano, antes de construir partidos, construyó obras.

Entendió la política con la misma lógica de la ingeniería: primero hay que saber sobre qué suelo se está parado. Tras años de militancia en el PRI, impulsó junto con figuras como Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez la Corriente Democrática. Lo que parecía una simple discusión interna fue, en realidad, la grieta que demostró que el muro del sistema unipartidista podía caerse.

Esa ruptura lo llevó a encabezar el Frente Democrático Nacional en 1988. Lo inesperado ocurrió cuando las plazas se llenaron de campesinos, estudiantes y trabajadores que sabían perfectamente que una puerta llevaba demasiado tiempo cerrada.

Por primera vez, el miedo pareció cambiar de bando y mudarse hacia las cúpulas del poder. La noche del 6 de julio quedó marcada por la tristemente célebre “caída del sistema”, un eufemismo que otorgó la Presidencia a Carlos Salinas de Gortari pero que dejó expuesta la profunda fragilidad del régimen.

Aquella noche germinó una pregunta que ya no abandonaría la vida pública de México: ¿qué pasa cuando la gente decide votar distinto de como el poder espera?

Cárdenas decidió que la indignación no debía disiparse, sino transformarse en organización. En 1989 fue la figura central en la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), apostando por la vía institucional.

La perseverancia rindió frutos en 1997, cuando se convirtió en el primer jefe de Gobierno de la capital electo por voto popular.

La historia avanzaba, pero Cárdenas comprendió mejor que nadie que los partidos pertenecen a su tiempo y las convicciones aspiran a sobrevivirlos; por ello, rehusándose a convertir al PRD en un patrimonio personal, renunció a sus filas en 2014.

Treinta años después de aquella ruptura fundacional de 1988, la izquierda finalmente ganó la Presidencia, pero no con Cárdenas, sino con Andrés Manuel López Obrador. Ambos compartieron luchas durante años, pero representaban formas distintas de entender la política. Cárdenas construyó su trayectoria alrededor de la pluralidad y las instituciones; López Obrador consolidó un movimiento sostenido por un enorme magnetismo electoral y un liderazgo personalista.

Mantuvieron diferencias profundas que culminaron en 2023, cuando desde Palacio Nacional se le etiquetó de “adversario” tras su breve acercamiento a Mexicolectivo. Fiel a su templanza, Cárdenas aclaró su salida de la iniciativa y marcó una diferencia esencial: él no se consideraba adversario político del presidente.

Podía criticar a un gobierno nacido del mismo tronco histórico sin declarar enemigo al hombre que lo encabezaba. Su lealtad última nunca fue hacia las siglas ni hacia los hombres, sino hacia una idea específica de República.

El destino le reservó un último cierre de círculo. En marzo de 2026, el recurso que marcó para siempre la historia de su padre volvió a cruzarse con la suya al quedar vinculado a la Comisión Consultiva del Petróleo. Nueve décadas después de la Expropiación, el hijo del general regresaba al debate sobre el porvenir energético del país.

Hoy quedan los archivos, las campañas y la memoria de aquella noche de 1988. Pero sobre todo, queda la certeza de que la democracia mexicana comenzó cuando millones descubrieron que podían organizarse tras una derrota. Sería injusto recordar a Cárdenas solamente como el hombre que no llegó a la Presidencia.

Hay políticos que habitan Palacio Nacional y apenas dejan allí una fotografía. Él no llegó, pero transformó para siempre el país que decide quién puede llegar.

Ingeniero al fin, construyó sin saber exactamente quiénes caminarían después sobre su obra. Pasaron compañeros y adversarios, pasaron los fundadores de su partido y los constructores del obradorismo.

El propio López Obrador terminaría reconociendo en su despedida: “Sin él, otra sería la realidad política del país”.

Y ahí radica su legado. Perdió elecciones y nunca gobernó la República, pero contribuyó a ganar algo mucho más duradero: el derecho de millones de mexicanos a creer que el poder podía cambiar de manos.

Esa fue su obra mayor. No un sexenio. No una estatua. Un puente.

Y aunque muchos cruzaron a la otra orilla y desde ahí discutieron con el hombre que lo cimentó, el puente se quedó ahí, sosteniendo el paso hacia el futuro. Constructor de democracia por consecuencia.

 

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