Por Rodrigo Hernández Román
Murió Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Tenía 92 años, le decían el ingeniero, y fue 3 veces candidato a la Presidencia de la República, gobernador de Michoacán, fundador del Partido de la Revolución Democrática y el primer jefe de Gobierno electo del entonces Distrito Federal. Hasta el momento en que escribo esto no se han informado las causas de su fallecimiento. Y antes de cualquier balance, conviene decir lo que su biografía deja en claro: perteneció a una especie casi extinta en la política mexicana, la del hombre que podía quedarse cómodamente con el poder y escogió la ruptura.
Pero quiero escribir de él desde aquí, desde La Laguna, porque en esta comarca el apellido Cárdenas no significa lo mismo que en el resto del país. En otras regiones de México el cardenismo es historia nacional, una corriente política, un capítulo de libro. Aquí es catastro.
Hay que explicarlo, porque las generaciones jóvenes ya no lo tienen presente. El 6 de octubre de 1936, el presidente Lázaro Cárdenas del Río firmó en esta región el reparto agrario más grande y más emblemático de la historia de México. Las cifras más citadas hablan de alrededor de 334 ejidos, cerca de 148 mil hectáreas de riego y más de 40 mil campesinos beneficiados, aunque los estudios académicos manejan números ligeramente distintos y conviene decirlo con esa honestidad. Junto con la tierra se repartió lo que en esta comarca vale todavía más: el agua de los ríos Nazas y Aguanaval. Según el INEHRM, se expropiaron alrededor de 3 cuartas partes de las tierras de la región, en un momento en que 7 grandes propietarios controlaban cerca del 45% del área lagunera.
Dicho de otro modo, media Comarca Lagunera vive hoy en un mapa que dibujó ese apellido. Los ejidos que rodean Torreón, Gómez Palacio, Lerdo, Matamoros, Francisco I. Madero y San Pedro existen porque una firma los creó. Y por eso hay algo que conviene entender antes de hacer cualquier lectura política: cuando Cuauhtémoc Cárdenas vino a La Laguna a pedir el voto, no estaba llegando a un territorio ajeno. Estaba volviendo a la tierra que su padre había entregado. En esta región, el cardenismo nunca necesitó explicarse. Era memoria familiar, y la memoria familiar no se combate con propaganda.
Eso explica un dato de 1988 que a mí siempre me ha parecido extraordinario y del que casi nadie habla. Aquel año, en Coahuila, Cárdenas obtuvo 96 mil 896 votos, cerca del 29.5%, frente a los 178 mil 147 de Carlos Salinas de Gortari. Casi 3 de cada 10 votos en un estado que entonces era bastión duro del partido en el poder y donde la oposición apenas tenía estructura, oficinas o dinero. Nadie regala ese porcentaje en una elección organizada por el gobierno. Esos votos no los compró una campaña: los tenía sembrados desde 1936.
Y aquí viene lo que a mi juicio fue su aportación más grande, y la escribo desde la convicción de que se puede reconocer el mérito de un adversario histórico sin dejar de ser lo que uno es. Su mayor logro no fue ganar. Fue demostrar que se podía perder y seguir de pie. Hasta 1988, en México la oposición era testimonial: se competía para tener presencia, no para gobernar. Después de 1988 fue posible imaginar otra cosa, y de ese cambio salió todo lo demás. Sin aquella ruptura no habría habido alternancia, ni la del año 2000 ni la de 2018, porque fue él quien partió el monopolio y pagó personalmente el costo de hacerlo. Quien conoce la política sabe lo que cuesta salirse del lugar donde están los recursos, las estructuras y las certezas. Él se salió, y se salió siendo hijo de quien era.
También hay que decir que la historia no le dio un final sencillo, y omitirlo sería hacer un elogio hueco. El partido que fundó desapareció. El movimiento que heredó su bandera gobierna hoy el país con prácticas que él criticó en vida, a tal grado que acabó distanciándose públicamente de él y murió fuera de las estructuras que ayudó a crear. Es una paradoja dura: construyó el vehículo que llevó a la izquierda al poder y no cupo en él cuando llegó. Pocas veces se ve con tanta claridad la diferencia entre fundar un movimiento y ser dueño de un movimiento.
Y queda la pregunta que a esta región le corresponde contestar, porque es la única manera honesta de recordarlo: ¿qué queda del cardenismo en La Laguna hoy? Los ejidos están fragmentados y buena parte de su tierra renta o se vende. El agua, que fue el verdadero regalo de 1936, escasea y se disputa. Los nietos y bisnietos de aquellos 40 mil campesinos trabajan en plantas armadoras, cruzan a Texas o se fueron a Monterrey. La estructura social que nació de aquel decreto se desmontó sin que nadie construyera otra en su lugar, y eso no se lo podemos cobrar a un hombre que murió a los 92 años: nos lo tenemos que cobrar nosotros.
Porque el reparto agrario de La Laguna fue, con todos sus defectos y sus ineficiencias, el acto de política pública más audaz que esta región ha visto. Nadie ha intentado algo de ese tamaño desde entonces. Y la pregunta incómoda que deja la muerte del ingeniero no es qué hizo su padre hace 90 años, sino cuál es nuestro equivalente. Qué estamos haciendo hoy, con el agua, con la tierra, con el empleo y con los jóvenes de esta comarca, que alguien vaya a recordar en 2116.
La Laguna tiene con esa familia una deuda doble y bastante singular. A un Cárdenas le debe la tierra, y al otro la posibilidad de votar distinto. No es poca herencia para un solo apellido en una sola región, y conviene reconocerla sin importar de qué lado de la boleta esté cada uno de nosotros. Yo escribo desde el mío y aun así lo digo: hay adversarios que engrandecen a un país más que muchos aliados.
Se va el ingeniero Cárdenas en el mismo mes en que La Laguna cumplió 90 años de aquel reparto. A veces los calendarios escriben mejor que nosotros. Descanse en paz.
Rodrigo Hernández Román. X: @rodrigohdzmx | Facebook: Rodrigo Hernández
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