Por: Hugo Contreras
La política en Coahuila siempre ha tenido una sincronía casi de relojería suiza, donde la disciplina partidista se impone al caos de las circunstancias. El trágico fallecimiento del alcalde de Torreón, Román Alberto Cepeda, obligó a activar un protocolo de emergencia que, lejos de desatar una guerra de tribus, parece estar operando como un perfecto efecto dominó minuciosamente calculado desde el Palacio de Gobierno en Saltillo.
La baraja sobre la mesa no dejó espacio a la improvisación. Mandar a Miguel Ángel Riquelme Solís de vuelta a la alcaldía de Torreón —terreno que ya gobernó antes de ser gobernador— es un mensaje de control absoluto y cero riesgos. Torreón no está para experimentos ni para curvas de aprendizaje, menos en el delicado rubro de la seguridad, la joya de la corona del priismo coahuilense. Riquelme no va como un premio de consolidación; va como el bombero de lujo a apagar un fuego institucional.
Sin embargo, detrás de este enroque late una lectura mucho más profunda que evidencia una demostración de madurez y pragmatismo por parte del gobernador Manolo Jiménez Salinas. A pesar de su juventud (42 años), el mandatario estatal demuestra una alta escuela y madurez política al mantener una relación estrechísima y de absoluto respeto con el exgobernador saliente, rompiendo con la vieja máxima de la política mexicana donde el gobernante en turno suele marginar a su antecesor. Al sumarse al ring local, Riquelme le garantiza a Jiménez Salinas que en el grupo no habrá ambiciones personales desbocadas; al contrario, el “Grupo Torreón” y toda la región de La Laguna se fortalecen institucionalmente.
Pero en la política, cuando una silla se mueve, se cimbran tres más en un tablero que ya mira fijamente al mediano y largo plazo.
El gran ganador colateral de este movimiento es Gabriel Elizondo Pérez. El operador de Mejora Coahuila se encuentra en la antesala de un escaño en el Senado de la República. Sus declaraciones recientes destilan una absoluta e inequívoca lealtad al gobernador. Al repetir el mantra de “lo que me indique el gobernador”, Elizondo manda una señal clara al círculo rojo: su llegada a la Cámara Alta no responde a un proyecto personal, sino a una posición estratégica para el grupo en el poder estatal.
Y es que la verdadera meta del priismo coahuilense es ir por todas las “canicas” en el 2027. La consigna está clara: repetir la dosis y propinarle otra paliza electoral a Morena para lograr un contundente e histórico 38 a cero en los municipios, recuperando además territorios clave en La Laguna como Viesca y Francisco I. Madero, junto con la totalidad de las diputaciones federales.
¿El fin último de blindar el estado y borrar a la oposición del mapa local? Fortalecer la transición y pavimentar el camino para el cambio de gobierno, llevando al PRI de Coahuila a convertirse en el gran referente nacional. Nada es obra de la casualidad: basta revisar las notas de las mesas de análisis nacionales de las últimas dos semanas, donde el nombre de Manolo Jiménez ya se postula fuertemente como el candidato natural y más competitivo del tricolor rumbo a la Presidencia de la República en el 2030.
Mientras Elizondo atiende el territorio y el Congreso del Estado prepara la mesa para los relevos legales, la maquinaria coahuilense demuestra por qué se cuece aparte. Riquelme regresa al origen con el aura de la efectividad; Elizondo prepara las maletas para el Senado con la bendición del ejecutivo, y Manolo Jiménez consolida un tablero impecable que no solo asegura la paz local, sino que lo catapulta con fuerza hacia el escenario nacional. En Coahuila, la rueda de la fortuna política nunca deja de girar, y esta vez, el juego de ajedrez está diseñado para ganarlo todo.