Las piezas conmemorativas serán lo único resplandeciente en medio del desdén del Gobierno y, particularmente, de la Administración de Ciudad de México.
Por: Gibrán Ramírez Reyes
Soy diputado federal por Movimiento Ciudadano. Voté en contra de las monedas conmemorativas del mundial. Como fui el único, eso llamó la atención de algunos medios. Es probable que sea un amargado —no lo sé—, pero estos son mis motivos.
El relato nacional frente al mundo
Extraordinariamente, una nación sabe que será observada por millones de personas de todo el mundo al mismo tiempo y tiene la posibilidad, derivada de esa condición, de condensar en unas semanas aquello que cree ser —o aquello que aspira a parecer— y mostrarlo al mundo.
Pasa, si acaso, en los Mundiales de futbol y los Juegos Olímpicos, y eso suele obligar a la política de los países a preguntarse qué relato nacional quiere proyectarse y cómo mostrarlo materialmente de modo serio y creíble. Organizar un Mundial no equivale a montar un evento más en el calendario; implica reorganización urbana, logística y simbólica que suele tomar años. Exige:
- Planeación meticulosa.
- Inversión sostenida.
- Leyes fiscales extraordinarias.
- Coordinación entre órdenes de gobierno.
- Una idea de país que otorgue sentido a los esfuerzos dispersos.
Nada de eso ha existido en esta legislatura del Congreso.
Improvisación y beneficios a la FIFA
Dejando todo a la buena de Dios y a lo que la señora presidenta pueda acordar con los gobernadores y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, en nuestra política se actuó como si la infraestructura pudiera improvisarse, como si los puentes, las vialidades, los sistemas de transporte y los servicios públicos respondieran a la lógica de la inmediatez.
Lo más parecido a discutir una política de Estado de cara al Mundial fueron algunas menciones al vergonzoso trato que nuestra Ley de Ingresos da a la FIFA para 2026: cero impuestos. No se atrevieron a ello ni Estados Unidos ni Canadá, y nosotros no nos atrevimos a concertar con estas naciones una política conjunta de América del Norte porque tampoco hemos discutido el lugar de México en el mundo.
Acuñar monedas conmemorativas es un mero trámite y menor, pero creo que la forma de hacerlo en el Congreso es reveladora de una incomprensión profunda. No nos produce inquietud votar monedas en un dictamen que dice que dicho acto contribuye a lograr la “igualdad de oportunidades y prosperidad compartida” y caer en cuenta que solo eso hemos “discutido” al respecto. Esa moneda será lo único que brille en medio del desdén del Gobierno federal y, particularmente, del Gobierno de la CDMX, cuya respuesta ha sido opaca y mediocre.
El contraste histórico: 1970 y 1986
Conviene recordar que no siempre fue así. En las discusiones que precedieron a los mundiales de 1970 y 1986, el Estado mexicano asumió el acontecimiento como una oportunidad y un mandato para transformarse.
- En 1970: Se aprobaron disposiciones especiales para facilitar obras y coordinar esfuerzos institucionales.
- En 1986: Tras el sismo, el gobierno impulsó la construcción y reconstrucción de alrededor de 40,000 viviendas. El aparato público podía coordinarse y ofrecer resultados palpables.
Hoy, la realidad es distinta. Hasta la mitad del año pasado se construyeron poco más de mil viviendas (de una meta anunciada de 27,000). En 1986, el gobernante en cuestión se sometió al juicio del Estadio Azteca. En 2026, la jefa de Estado no asistirá al ritual abucheo inaugural al que todo gobernante responsable asistiría.
Los tres vacíos críticos de 2026
La Ciudad de México recibe un Mundial con vacíos estructurales en tres frentes decisivos:
- Hospedaje: No existe un diagnóstico ni sistema de información verificable. Las cifras muestran una presión potencial significativa (5 millones de visitantes esperados vs. 42,000 habitaciones de hotel), agravada por la ausencia de mecanismos para prevenir incrementos desproporcionados en tarifas.
- Seguridad: La falta de estrategia es preocupante. No hay plan que detalle responsabilidades institucionales, protocolos ante incidentes ni mecanismos de coordinación en tiempo real entre corporaciones.
- Movilidad: No se conoce una estrategia formal que articule conectividad aérea, transporte interurbano y urbano. El Gobierno se consuela diciendo que, como ya tuvimos mundiales, la infraestructura ya está, con la arrogancia de que “esa ya nos la sabemos”.
Conclusión
En 2026, México ofrece al mundo una anarquía semiorganizada. Ojalá me equivoque, pero esas monedas serán, a la larga, la memoria de un fracaso; de un Mundial que será evocado más por sus insuficiencias —ojalá que solo por eso y no por la desaparición de ningún turista o el turismo sexual infantil impune— que por lo positivo que mostró de México al mundo.