Por: Luis Eduardo Vallejo Moreno
Hablar de elecciones en Coahuila es hablar de algo más que partidos o candidatos. Es hablar de territorio, población, migración, edad, cultura cívica y lógica regional. Coahuila no es un estado uniforme: es un mosaico de realidades que se expresan con números, con mapas y con hábitos sociales. Y cuando uno junta esos elementos, entiende mejor por qué aquí la política se mueve distinto.
Para empezar, Coahuila es el tercer estado más grande de México en extensión territorial, con más de 151 mil kilómetros cuadrados. Es más grande que países completos y mucho más extenso que la mayoría de las entidades del país. Sin embargo, su población y su poder electoral no se distribuyen de manera pareja. El estado se organiza en cinco grandes regiones: La Laguna, la Sureste, la Centro–Desierto, la Carbonífera y la Norte. Cada una parece casi un estado distinto por sus condiciones económicas, sociales y políticas.
De esas cinco regiones, dos concentran el verdadero peso demográfico y electoral: La Laguna y la Sureste, que juntas reúnen cerca del 70% de la población y de la lista nominal de Coahuila. Es decir, solo diez municipios de los 38 explican la mayor parte del poder político del estado. Desde ahí ya se entiende algo esencial: no se compite igual en todas partes.
Coahuila se divide en 16 distritos electorales locales, y cada uno representa una realidad completamente distinta. Hay distritos urbanos, compactos y densos, como los de Torreón (4) y Saltillo (4), donde el territorio es pequeño, la población está concentrada y el candidato puede recorrer prácticamente todo en poco tiempo. Ahí las problemáticas son más localizadas, el mensaje se focaliza y el posicionamiento es más rápido. En estos distritos, la campaña es más cercana, más directa y más de contacto cotidiano.
Pero también hay distritos donde la geografía impone otras reglas. El caso más claro es el Distrito 04, que abarca municipios enormes del centro y del desierto del estado. Su extensión territorial es mayor que la de varios estados completos de la República, como Tlaxcala, Morelos, Colima, Aguascalientes y la Ciudad de México. En un distrito así, una campaña no se gana con spots: se gana con tiempo, gasolina, logística y presencia física. El territorio también es poder.
Ahora, vayamos a la lista nominal. Coahuila representa el 2.54% de todos los electores del país, y hay algo que lo distingue: su participación electoral suele estar por encima de la media nacional. En elecciones intermedias o sin grandes cargos en disputa, el promedio de participación suele caer. Pero Coahuila, incluso en esos escenarios, mantiene una cultura de voto relativamente consistente.
Y dentro del estado también hay contrastes. Municipios grandes como Torreón muestran históricamente altos niveles de participación, combinando densidad urbana con una cultura cívica activa. Saltillo, como capital y centro administrativo, también concentra un electorado importante y comprometido, aunque con dinámicas distintas en sus patrones de participación. Es decir: en Coahuila no solo importa cuánta gente hay, sino cómo y desde dónde se participa.
Otro dato fascinante es el de los municipios pequeños. En teoría, existe una regla no escrita: de la población total, alrededor del 70% debería reflejarse en la lista nominal. Pero hay lugares donde esto se rompe por completo. El caso más claro es Abasolo. Según el Censo 2020 del INEGI, Abasolo tiene 1,015 habitantes. Sin embargo, su lista nominal es de 1,321 electores. ¿Cómo es posible?
La explicación no está en el fraude, sino en la migración. Mucha gente originaria de Abasolo ya vive en Estados Unidos o en otros municipios, pero conserva su credencial con domicilio en su ciudad de origen. Es gente que tiene casa, familia e historia ahí… aunque ya no viva físicamente ahí. La lista nominal se vuelve entonces una especie de mapa emocional más que demográfico.
Esto ocurre en muchos municipios pequeños de Coahuila: el número de electores en la lista nominal es casi igual —o incluso mayor— que la población censada. Y eso también impacta en la política local: campañas dirigidas a personas que no viven ahí, pero siguen votando ahí.
A nivel seccional ocurre algo igual de interesante. Las secciones más grandes, con más electores en lista nominal, suelen ser secciones jóvenes: población en edad productiva, con movilidad alta, pero con menor participación. En cambio, las secciones con menos electores suelen tener un promedio de edad más alto y una participación electoral mucho mayor. Es decir: a mayor edad promedio, mayor compromiso con el voto.
En 2026, además, Coahuila será un caso especial. Será el único proceso electoral en todo el país. Eso la convierte en un foco nacional de atención, pero también en una elección sin grandes arrastres federales o ejecutivos. En ese tipo de procesos, la participación suele bajar… y por eso el análisis territorial, demográfico y cultural se vuelve aún más importante.
Porque aquí no se trata solo de cuántos votan, sino de dónde votan, por qué votan y desde qué realidad lo hacen.
Coahuila no es un solo estado: son varios Coahuilas dentro del mismo mapa. El Coahuila urbano, el migrante, el desértico, el industrial, el carbonífero, el joven y el viejo. Y todos esos Coahuilas se reflejan en cifras que, bien leídas, explican más que mil discursos.
En política, los números no son fríos: son biografías colectivas. Detrás de cada elector hay una historia, detrás de cada distrito hay una geografía, y detrás de cada porcentaje hay una cultura. Entender a Coahuila desde sus cifras no es hacer estadística: es hacer lectura política del territorio. Porque al final, en este estado enorme y diverso, el poder no solo se gana con votos: se gana entendiendo el mapa humano que casi nadie mira, pero que explica todo lo que pasa en las urnas.